Quiero hablar de los recuerdos de viaje, de los “souvenirs”, viene a cuento de una actividad que hice la semana pasada con una familia brasileira, buena gente, dos chicos adolescentes, lo padres y la abuela, cinco personas.
Recorrimos caminando el Paisaje de la Luz (Alcala, Cibeles, Jerónimos, las fuentes…) y mas tarde visitamos el Museo del Prado. Fueron casi cuatro horas agradables y pausadas.
Paramos varias veces en la venta ambulante de la calle, para comprar abanicos, pañuelos, recuerdos.
También quisieron entrar en la tienda que hay justo en la esquina de la Plaza de Neptuno y dentro del museo tuve que ponerme serio y pedirles que dejaran la visita a la tienda de regalos para el final.
En resumen, de una actividad de cuatro horas calculo que invirtieron al menos hora y media en buscar y comprar “souvenirs”.
¿porqué tenemos los viajeros la necesidad de “llevarnos” un recuerdo de cada sitio que visitamos? ¿qué motivo nos empuja a ello? Yo, por ejemplo, tengo la nevera de mi casa llenita de imanes de los lugares visitados. ¿es acaso una forma de reafirmar el “ego?

No es nuevo. Homero relata en la Ilíada los regalos y recuerdos que Ulises colecciona de sus viajes, tenemos documentados vasos de cerámica romana del siglo I, con inscripciones alusivas al lugar y año en que fueron realizadas, que probablemente eran compradas por los visitantes.
Qué decir de las famosas conchas del Camino de Santiago que usaban los peregrinos para beber y después se convirtieron en pruebas de su hazaña.

Quizá lo más parecido a los souvenirs actuales son los recuerdos que los jóvenes viajeros del siglo XIX de las clases altas inglesas adquirían durante su Grand Tour; una especie de iniciación romántica de la edad adulta que los llevaba a visitar Roma, o Pompeya, o Grecia, o Egipto o a descubrir el embrujo de los países del norte de África.

Todos ellos regresaban a su hogar con objetos y recuerdos de sus aventuras, para regalar, para guardar, y – quien sabe – tal vez muchos años más tarde les serviría para reafirmarse y decir: si, yo estuve allí.
Me resulta curioso pensar que los viajeros seguimos cumpliendo esta tradición desde hace más de 2000 años. Como yo, que tengo la nevera llena de imanes pequeñitos.
También pienso en los otros souvenirs: el olor de la pizza recién hecha en un restaurante del Trastevere en Roma, del ruidito del agua en las fuentes de la Alhambra de Granada, un dia que casi no había gente. De la emoción sentida en el Museo del Prado frente a la Anunciación de Fray Angélico.
Estas cosas no las podemos colgar del frigorífico, y sin embargo habitan un feliz espacio en nuestra memoria, y nos reafirman y nos hacen decir: si, yo estoy allí.

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